• Lucas Correa

No basta con tener derecho a la educación inclusiva. 5 pistas de cosas adicionales que debemos hacer


En Bogotá se inauguró un servicio para personas con discapacidad, en su nombre dice "inclusivo", aunque la mayoría de sus usuarios son personas con discapacidad en edad escolar que no deberían estar allí, sino en los colegios distritales. La oferta es especial y segregada, bonita, nueva, pero terriblemente equivocada.


No basta criticar la oferta especial que, sin serlo, se hace pasar por educación. No basta calificarla de una violación de derechos o de una trampa. Hoy nos preguntamos por qué es una oferta atractiva para algunas familias, qué estamos haciendo mal desde el sistema educativo y qué pistas deberíamos seguir para no creer en lo especial. Acá le contamos 5 pistas sobre cosas que pasan e ideas que deberíamos transformar en acciones.


La educación inclusiva requiere de un elemento sin el cual no puede funcionar: que las familias apuesten por ella. Pero esa apuesta y las capacidades de las familias hay que cuidarlas, acompañarlas y protegerlas, de otra manera lo más posible es que sucumban en el intento.


Parece una tontería pero no lo es. Mientras que los padres y madres de niños sin discapacidad ni siquiera tienen que preguntárselo, es evidente que deben ir a estudiar a las escuelas regulares; cuando se trata de aquellos padres y madres de niños con discapacidad, toca convencerlos y luchar para que hagan lo que para otros es apenas obvio.


Pista 1. Poner en duda lo que recomendó el doctor y transformar los lugares donde se educan. La narrativa que escuchan las familias desde que se identifican los primeros signos de la discapacidad es, casi siempre, equivocada, llena de prejuicios, llena de miedos, decepción, duelo y tragedia. Y no todas las familias tienen la capacidad ni los recursos para poner en duda lo que dice la médica, los prejuicios de los enfermeros, las recomendaciones de amigas y conocidos.


Cuando hablamos de educación inclusiva tenemos que trabajar en la formación de esos profesionales de la medicina que tienen el primer contacto. Y no es "cambiar el chip", porque muchas veces tales acciones son esfuerzos superficiales y cosméticos. Hay que atacar la causa real: médicos y facultades de medicina piensan, así no lo digan, que las personas con discapacidad son enfermos, de segunda categoría, incapaces, impedidos, anormales. Muy en el fondo, y a veces en la superficie, piensan que esas personas no deberían existir. Esto tiene que cambiar y se logra cambiando las facultades de medicina.


Pista 2. Superar la idea de lo especial para exigir lo inclusivo. Los prejuicios no solo están en los profesionales de la medicina. Las familias también tienen ideas erradas y estereotipadas de la discapacidad que no se transforman por el solo hecho de parir un hijo con discapacidad. Basta ver los niños eternos con síndrome de down de algunas familias de alto estrato, los angelitos asexuados eternos al lado de sus envejecidas madres.


Cuando los prejuicios y el afecto se combinan, llevan con frecuencia a tener bajas expectativas disfrazadas de protección y cuidado. El resultado es esperar poco de nuestros hijos con discapacidad, les exigimos lo mínimo, creemos que no son capaces, que no tienen nada que aportar.


Se requiere de familias que tengan altas expectativas para poder crear grandes oportunidades, dar grandes batallas y luchar hasta el cansancio. Pero esas familias no surgen de la nada. El aporte de la familias que hacen visibles los logros de sus hijos con discapacidad en las redes sociales es clave, cuando lo vemos en los otros lo queremos para nosotros.


Pista 3. Hacer mejor la educación inclusiva para no desbordar ni abrumar a la familia. No es fácil ser padre o madre de un niño o niña con discapacidad, toma más tiempo, más energía y más dinero. La falta de protección a la familia y el hecho de que la oferta educativa no esté pensada para los niños con discapacidad y sus familias hacen que éstas se desborden fácilmente.


Piensen que la oferta especial disfrazada de inclusiva de la que hablábamos al principio, sucede de 8 am a 5 pm, tiene transporte, tres comidas durante el día. Su par, la oferta educativa sucede de 7 am a 1 pm, no tiene resuelto el transporte, ni la alimentación. Al final, no es difícil entender porqué terminan allí los niños y niñas con discapacidad.


No se trata de asistencialismo, de querer todo reglado, se trata de poner a los estudiantes en el centro y crear una oferta educativa inclusiva que tenga sentido para ellos, que no obligue a la mamá a dejar de trabajar. Ahora, la escuela no tiene que resolverlo todo, pero otras entidades públicas deben aportar.


La oferta social, esa que se usa con frecuencia para ganar votos, debe estar alrededor de la oferta educativa, complementarse y potenciarse, no crear ofertas paralelas que compiten y segregan a los niños y niñas con discapacidad. ¿Cómo hacer para que políticos, concejales y familias entiendan esto? Qué tal una oferta social y de rehabilitación que sucede en la tarde, que se articula con el proceso educativo, que complementa un oficio, una contra-jornada de rehabilitación basada en la comunidad son siempre buenas ideas.


Pista 4. La escuela como aliada, que acompaña y evita el conflicto. Todos tenemos un límite y la educación inclusiva no sucede ni funciona en entornos hostiles. Nada bueno sale de unas familias agarradas peliando con los profesores y con el rector. Pocas veces la sentencia de un juez ha logrado materializar este derecho. La educación inclusiva es un proceso de innovación y creatividad docente que no se logra con amenazas, derechos de petición o acciones de tutela.


Los colegios tienen también una responsabilidad, las trabas, dificultades y barreras que imponen cansan a las familias y las llevan a caer en la trampa de la oferta "especial". Se necesita de familias que exijan a los profesores, a los rectores y a los colegios; que hagan solicitudes por escrito, que interpongan tutelas, pero esto debe ser el último recurso. Las relaciones fluidas y constructivas deben primar.


Pista 5. Incluir a las otras familias para que no se conviertan en el enemigo. Como si no fuera suficiente, las familias también se ven en la obligación de transformar los imaginarios de las otras familias, soportar las opiniones no pedidas, los prejuicios y estigmas de los otros padres y madres. Es que esos niños son peligrosos, lo que tiene es contagioso, le quita mucho tiempo a la profesora, vuelve todo más lento.


Muchas familias no entienden por qué los padres y madres de los niños con discapacidad insisten en llevarlo a la escuela, si podría estar mejor en otro lugar. Esas personas y esas ideas no son fáciles de tolerar y llevan también a la exclusión. Así no que basta empoderar a la familia de la niña con discapacidad, también hay que trabajar con las otras familias para que no saboteen el proceso.


No existen los niños especiales, lo que existen son niños y niñas estupendas que pertenecen a la escuela regular, no a instituciones especializadas. No son pacientes, son personas. No hacen lo que les toca, sino lo que quieren, lo que los motiva, lo que los hace felices. No son angelitos, también se equivocan y, como todos, asumen las consecuencias de sus actos. Son ciudadanos.


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