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  • Camila Jaramillo Salazar

El caso de Yolanda es una cuestión feminista

Actualizado: jun 17


A sus 71 años, Yolanda tiene el pelo pintado de morado no porque quiera esconder sus canas, sino porque su lucha es feminista. Ella, políticamente activa, no se define como una lideresa, pero ha participado en encuentros políticos, manifestaciones y grupos de mujeres y paz porque cree en “una lucha”. Todas esas causas en realidad son una y quizás por eso, inconscientemente, se refiere a ellas en singular: porque las personas que luchan casi siempre buscan lo mismo de diferentes maneras. La lucha que protagoniza hoy, resumida en un caso que está en la Corte Constitucional para poder morir cuándo y cómo quiera, es –como todas a lo largo de su vida– una por un mundo más libre y equitativo.


En 2019, Yolanda fue diagnosticada con Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), una enfermedad que deteriora las neuronas musculares y genera una parálisis corporal. Conforme pasan los días, los músculos se atrofian hasta el punto en que la persona no puede hablar, comer, moverse ni respirar. Mientras el cuerpo deja de hacer lo que siempre ha hecho, la mente permanece intacta.


Cuando Yolanda empezó a notar el deterioro en su cuerpo solicitó la eutanasia. Después de hacer los trámites, le dijeron que no era posible porque su deterioro no era suficiente. El Sistema de Salud le informó a Yolanda que debía esperar a que su enfermedad estuviera en estado terminal, es decir, esperar a no poder hablar, comer, respirar y caminar para que le ayudaran a morir. Justamente lo que quería evitar.


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Para Yolanda ha sido natural entender la eutanasia como una manifestación de la autonomía. No hay una conversación en la que no haga énfasis en lo importante que es para ella entenderse como mujer soberana del cuerpo en el que habita y única persona dueña de su vida y su muerte. Por eso la decisión de morir cómo y cuándo quiera es, en su caso, el resultado de una vida como mujer feminista.


En junio de 2020, cuando en un Comité le negaron el procedimiento eutanásico, otros decidieron sobre el cuerpo y la vida de Yolanda. Personas que no la conocían le dijeron cuál era la forma correcta de abordar la vida, la muerte y la enfermedad. No solo le negaron en ese momento una muerte sin dolor y segura; también la obligaron a vivir con el miedo a no saber cuándo podía recuperar lo que para ella es fundamental: su libertad.


En ese mismo Comité, las personas reunidas midieron con unos estándares médicos e inhumanos cuándo una vida está (supuestamente) próxima a terminar y le presentaron una escala del dolor a la que debía estar sometida para poder acceder a la eutanasia legal. Redujeron su cuerpo a unas funciones vitales para imponerle lo que, aparentemente, es valioso de estar vivos. La respuesta fue: esperar. Esperar a que llegara aún más deterioro, más dolor, más zozobra porque, para el Sistema de Salud colombiano, una persona con ELA puede pensarse la eutanasia cuando no pueda hablar, deglutir, respirar ni caminar.


Finalmente, esos mismos desconocidos que veían a Yolanda por primera vez, le confirmaron que su voluntad y sus decisiones informadas y libres no cuentan –al menos no lo suficiente– porque el Sistema de Salud respalda la materialización de la vida a través de la existencia biológica. Al parecer estar vivas, no significa tener una vida digna que corresponda con eso que creemos que está acorde a nuestro proyecto de vida. Lo importante es existir en clave de lo médico, así sea en contra de nuestra voluntad, hasta que los cálculos digan que tenemos 6 meses de expectativa de vida.


El control que unos ejercen sobre los cuerpos de otros es el límite que hemos encontrado algunas personas para poder vivir la vida que soñamos. En este planeta unos cuerpos son tocados, penetrados, supervisados, modificados, desmembrados y desechados. Se usan para el placer, la creación, la explotación y el disfrute de otros. Y cuando queremos hacernos cargo de nosotras mismas, cuando queremos decidir sobre eso que nos pertenece y cumplir nuestros deseos, el Estado y la sociedad nos dice que no podemos, que no es lo correcto, que no sabemos lo que hacemos, que no es el momento.


Si no ha quedado claro, la última lucha de Yolanda no se trata de morir: se trata de reivindicar su voz y su cuerpo que no es otra cosa diferente a reclamar la propia vida.


Algunas personas creen que la muerte digna es el último y más revolucionario derecho humano. Yolanda también cree en eso. Pero sobre todo cree que el día en que las personas puedan morir cuándo quieran habrá dejado un país más libre para todas nosotras.

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