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Poner en duda las narrativas frente al 5u!c!d!0 para abrir paso a una mu3rt3 segura, acompañada y protegida

  • Foto del escritor: Martín Simón Castro Longo
    Martín Simón Castro Longo
  • hace 17 horas
  • 3 Min. de lectura

Ayer, 15 de marzo de 2026, Colombia se acostó a dormir con la noticia de Catalina Giraldo, la primera persona en solicitar –públicamente– el acceso al procedimiento médico de Asistencia Médica al Suicidio (AMS). El caso de Catalina pone sobre la mesa un tema que, históricamente, ha estado rodeado de distintos discursos, narrativas y tabúes, especialmente por aquellos que suponen juicios morales sobre la persona que termina con su propia vida, la forma en que ésta lo lleva a cabo, y el rol de su círculo social y familiar más cercano.


Para el Estado y las instituciones de salud, el fenómeno del suicidio se aborda desde una perspectiva de salud pública, en conformidad con las políticas y lineamientos internacionales de organizaciones como la OMS y la OPS. ¿La principal respuesta?: la prevención del suicidio. Así, el Estado concentra todos sus esfuerzos en reducir la tasa de intentos de suicidio y suicidios consumados, por medio de estrategias de promoción y prevención en salud mental, dentro de las cuáles se enmarcan las estrategias específicas de prevención del suicidio. Entre otros objetivos, estas estrategias de prevención del suicidio apuestan por la desestigmatización de la conducta como una forma de prevención de la misma, pues consideran que hablar acerca del suicidio públicamente puede impulsar a personas con ideaciones suicidas a pedir ayuda antes de que efectivamente lo consumen. Sin embargo, no parece haber un discurso uniforme sobre esto último, pues, desde el ámbito médico y de la salud, también existe la idea –y no poco común– de que hablar públicamente acerca del suicidio y de las personas que lo consuman sólo tiene por efecto el “contagio” de otras personas que, de no haberse visto expuestas a la discusión acerca del suicidio, no habrían tomado la decisión de acabar con su propia vida. En ese orden de ideas, existe una evidente contradicción entre la apuesta del Estado y el Sistema de Salud por desestigmatizar una conducta profundamente humana a través de la discusión pública, y la aprehensión de muchos trabajadores e instituciones de la salud de hablar del tema, por miedo a generar más intentos de suicidio y suicidios consumados.


Por otro lado, Catalina también se ve enfrentada a una serie de discursos y narrativas en espacios en donde no median los filtros institucionales de los buenos modales: las redes sociales. Es aquí en donde se encuentra la mayor variedad de discursos y, a un día de haberse conocido la noticia de Catalina, éstos ya han salido a la luz a perpetuar tabúes, mitos y prejuicios sobre el suicidio.


Por ejemplo, una usuaria en X, escribe: “(...) Los intentos de suicidio fallidos porque debe cortarse donde es, o que recurra a otro medio efectivo. Además, no refleja ser una persona con ‘trastorno depresivo mayor’”. Esta publicación representa dos de los discursos más comunes que rodean a quienes intentan el suicidio, y es la idea de que lo hacen para “llamar la atención”, y que en verdad “no están deprimidos”. Esta posición minimiza y deslegitima el sufrimiento de quien lo manifiesta públicamente, pues asume que verbalizar el deseo de terminar con su propia vida, de alguna manera, excluye la consumación del acto. Además, ignora el hecho de que en este caso sí existen varios diagnósticos médicos que han reconocido la situación de Catalina.


Otro de los discursos principales a los que se enfrenta Catalina, es el del “deber de vivir” y la “sacralidad de la vida”, impulsado por una visión religiosa del estar vivo. Cuando la vida es un “regalo de Dios”, el ser humano no tiene la posibilidad para decidir sobre ella, y entonces se ve condenado a existir hasta el último momento biológicamente posible, a pesar de que eso le cause profundos sufrimientos. Por ejemplo, otro usuario en X, dice lo siguiente: “Para mí el tema de Catalina Giraldo es una persona cobarde queriendo quitarse la vida, lo más preciado que Dios nos dió”. Nuevamente, esta publicación refuerza el estigma de que quienes cometen suicidio son personas “débiles y cobardes” que “tomaron la salida fácil”, además de perpetuar la “obligación de vivir” por ser la vida “lo más preciado que Dios nos dio”. Este discurso es especialmente dañino, pues ignora y minimiza el difícil proceso psicológico por el que las personas pasan cuando deciden terminar con su vida, y califica la toma de la decisión como fácil y desprovista de cualquier tormento.


El caso de Catalina abre la discusión acerca de un fenómeno que, por muchísimo tiempo, había sido condenado al silencio y la vergüenza. Ahora es el momento para hablar acerca del suicidio y su asistencia médica.

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