• Lucas Correa

Qué es la valoración pedagógica y por qué no es un diagnóstico. 5 claves para maestros y familias

Actualizado: feb 7



Uno de los elementos más importantes del plan individual de ajustes razonables (PIAR) es la valoración pedagógica. El derecho a la educación inclusiva exige poner a los estudiantes en el centro, diseñar un servicio educativo que responda a sus diferencias y brinde los ajustes razonables y apoyos que requieran. Resulta que para poder hacer eso hay que conocer a los estudiantes, saber cómo son, cómo aprenden, cuán avanzados están, qué los motiva. De eso se trata la valoración pedagógica.


El problema es que con mucha frecuencia los maestros y funcionarios públicos (a veces también las familias) confunden la valoración pedagógica con el diagnóstico médico. Esto pasa por varias razones, entre ellas, porque realmente algunos maestros no tienen interés en ser inclusivos y lo que quieren es saber qué tiene el estudiante para excluirlo, para justificar que no pertenece a su salón de clases o a la escuela regular; también sucede porque la escuela ha permitido la medicalización la educación y piensa que sin el parte médico no puede hacer nada.


En nuestra nota de blog Más allá del Diagnóstico les contamos como desmedicalizar el salón de clases y superar ese objeto de deseo perverso.

Siempre que decimos esto alguien salta y dice: el diagnóstico es fundamental, porque nos puede dar pistas de qué hacer. Y puede ser que sí, pero, casi nunca un médico (sobre todo los que trabajan en elegantes fundaciones, clínicas y universidades) ha estado capacitado para decirle a un maestro cómo hacer su trabajo, cómo enseñar, cómo ser inclusivo. Los diagnósticos son construcciones sociales que desdibujan a la persona a la que se marca con ellos. Nos hacen creer que los médicos son más importantes porque "supuestamente" tienen el poder de decir "qué tiene el niño". Así, ponen en segundo lugar a los maestros, que ven a los niños 8 horas, de lunes a viernes. Los maestros tienen la posibilidad de decir cómo son los niños, qué los motiva, cómo aprenden, qué potencialidades tienen, que necesidades educativas tienen, entre otras. De eso se trata la educación inclusiva, no de una colección de diagnósticos.


En esta nota les contamos 5 claves para saber qué es una valoración pedagógica y por qué no es un diagnóstico médico. Unas pistas para superar el "embeleco médico" dentro de la escuela y del salón de clases.


Clave 1. La valoración exige observar al estudiante, no aplicar pruebas "científicas" de valoración del desarrollo o de la inteligencia. Sirve para transformar las prácticas, no para hacer informes o publicaciones científicas. La valoración pedagógica parte de la observación de los estudiantes, rodeados de otros compañeros, en la escuela regular. No parte de observar al estudiante en un consultorio médico, en la biblioteca o en una institución segregada. La valoración sirve para saber cómo es el niño, cómo son sus habilidades, qué lo motiva, cómo aprende, cómo se relaciona con los demás estudiantes en el salón de clases. Eso solo puede saberse interactuando con ellos, en la escuela regular, durante la jornada escolar.


Con frecuencia las secretarías de educación, las facultades de medicina, psicología y otras prestigiosas entidades desarrollan pruebas supuestamente "científicas" para valorar a las niñas, con instrumentos estandarizados, cuestionarios, muestras representativas y otros "embelecos" supuestamente científicos que solo sirven para acallar la experiencia docente. Piensan que valorar pedagógicamente a un niño se hace con un ejercito de profesionales, diferentes al maestro que está con los niños todos los días, para llegar a un resultado supuestamente científico, indiscutible e inamovible, a una valoración, para saber cuán mal, cuán atrasado, cuán incapaz es un niño en comparación con los demás y con lo que la escuela es. Detección temprana para la exclusión y la segregación.


Así se despilfarran, con frecuencia, los recursos públicos y los dineros de la filantropía manejada sin criterio y sin norte. Y decimos que se despilfarran pues, poco o nada de esa inversión en pruebas sirve para capacitar a la los maestros, cualificar sus capacidades, para dignificar su labor, para potenciar su innovación y creatividad. La valoración pedagógica debe hacerla el maestro de aula. Los docentes de apoyo pueden ayudarlo, pero no sacar al estudiante del salón para hacer la valoración, lejos de los compañeros. Tampoco debe hacerla la psicóloga contratista que debe entregar 30 valoraciones para que le paguen sus honorarios.


Clave 2. La valoración es una comparación, pero una comparación positiva, basada en las altas expectativas, en las posibilidades y en las motivaciones. Si la valoración se hace desde una visión de la enfermedad, de la incapacidad, desde el diagnóstico, es mejor no hacerla. Las niñas no necesitan personas que se enfoquen en lo que está mal, en lo que va atrás, en lo que no funciona.


Lo que necesitan, para experimentar una educación inclusiva, son maestros que se interesen en ellos y por eso valorarlos desde un enfoque positivo es realmente transformador. Valorar con altas expectativas lleva al maestro a descubrir las potencialidades, las motivaciones, las diferentes formas de aprendizaje. Comparar a los estudiantes lleva a descubrir la diversidad, las diferencias que siempre estuvieron allí, lleva a sabernos plurales. La diversidad, la diferencia y la pluralidad deben, luego de ser reconocidas, ser catalizadores de la innovación y la creatividad. El diagnóstico, en cambio, solo sirve para marcar las diferencias, catalogar la anormalidad, nada de eso sirve para transformar la cotidianidad y la prácticas de los maestros.


Clave 3. Es una oportunidad para valorar algunas condiciones personales y algunas habilidades de los estudiantes desde su interacción con el maestro. En lugar de esperar que sea una médica o un psicólogo quienes les digan qué hacer y cómo hacerlo, la valoración pedagógica pone la labor del maestro en un lugar central. Lo invita a saber cómo es el estudiante, cómo es su familia, sus redes de apoyo. La valoración debe hablar de las motivaciones de los estudiantes, de sus sentidos, de sus percepciones, de su atención y, de su memoria.


Muchos maestros sienten temor de hacer esto, de valorar estas condiciones y habilidades. Piensan que no están capacitados para hacerlo, creen que debe hacerlo un profesional de la salud. Tranquilos, la valoración pedagógica sirve para informar las acciones en el salón de clase y en la escuela, los maestros no van a medicar a nadie, no van hacer intervenciones quirúrgicas irreversibles. El maestro es quien ve más tiempo a los estudiantes, interactúa con ellos, dinamiza los aprendizajes. Sin duda tiene algo que decir, debe tener algo que decir. No puede quedarse esperando a que otro de se lo diga.


La valoración pedagógica también es una oportunidad para valorar habilidades de comunicación, de aprendizaje, afectivas, emocionales, motoras, de independencia, de autocuidado. Ahora, esto se valora desde el día a día y, por supuesto, puede cambiar, algunas habilidades pueden aumentar, otras disminuir. La valoración, al igual que la educación inclusiva, es un proceso, está viva, cambia. A veces queremos una valoración pedagógica que sea como un diagnóstico, algo que ya sabemos, a ciencia cierta, que no va a cambiar. Pero la valoración pedagógica no es eso.


Una persona puede tener un diagnóstico: Síndrome de Down; esa categoría científica nos dice que tiene un cromosoma extra, que algunos pueden tener una cardiopatía, que algunos quizás no desarrollen el lenguaje verbal, etc. Pero la valoración nos va a decir que Joaquín Gómez tiene una familia, qué le gustan determinadas cosas, que lo motivan estas actividades puntales, que se relaciona perfecto con sus compañeros, que los muerde (como se muerden los demás) que su atención necesita mejorar, que necesita actividades físicas activas, que necesita ayuda para desarrollar algunas actividades en la escuela, entre otras.


Clave 4. También es una oportunidad para valorar cómo está en términos académicos, pero no para excluir, sino para establecer prioridades, pensar y diseñar ajustes y apoyos. Ahora, no se trata solamente de conocer a los estudiantes, sino de saber cómo están en términos académicos. Muchas veces estas valoraciones se usan de manera negativa, para saber cuán atrasada está una estudiante, si no lee, si no suma ni resta en la mente, si recuerda de memoria los elementos de la tabla periódica, si resuelve operaciones matemáticas simples, y así sucesivamente.


Enfocarse en lo negativo es muy útil para excluir y vulnerar el derecho a la educación inclusiva. Sirve para decir que un niño no puede ingresar a grado quinto porque no lee, que no puede comenzar grado décimo porque no sabe balancear ecuaciones químicas, que no pertenece a tercero porque no controla esfínteres.


Por el contrario, valorar cómo están los niños en las competencias de lecto-escritura, de matemáticas, sirve para que las maestros puedan priorizar competencias, habilidades y contenidos, puedan hacer flexibilizaciones curriculares, metodológicas y en la evaluación. La valoración pedagógica es una fuente de información para los ajustes razonables y los apoyos que requieren los estudiantes, solo conociéndolos podemos intentar cosas, ver si funcionan y mejorarlas.


Con frecuencia, cuando las secretarías de educación pagan innumerables valoraciones hechas por terceros, por ejércitos de practicantes de psicología, descubren que no saben lo que hacen, pues no están en el salón de clases y, que los resultados, contra lo que les pagan enormes sumas de dineros públicos, no le sirven a los maestros, porque no impactan las prácticas cotidianas. Un círculo vicioso.


Clave 5. Es ideal hacer la valoración pedagógica conociendo el diagnóstico, pero, en la mayoría de los casos eso no es posible. Muchos maestros quieren saber qué tiene la estudiante primero para luego hacer la valoración, pareciera que sin un papel que diga que tiene "chuequera bilateral congénita" (este es un diagnóstico inventado, tan inútil pedagógicamente hablando como cualquier otro diagnóstico) no pueden conocer, valorar e innovar con sus estudiantes.


Es ideal saber qué tienen para luego actuar. Pero la realidad supera la ficción. Muchas veces no es posible saberlo, porque hay barreras en el Sistema de Salud, porque se requiere tiempo, pruebas, exámenes médicos , medicamentos, etc. Con frecuencia en la escuela se genera la alerta, pero el sistema de salud tarda en darse cuenta. Mientras eso sucede, las niñas siguen yendo a la escuela, siguen siendo las mismas personas, sus necesidades no desaparecen (así como tampoco aparecen cuando llega el papel con el diagnóstico) y, la escuela y los maestros, están siempre en la necesidad de actuar.


Así que la valoración hay que hacerla, para conocer al estudiante, para saber cómo está en términos personales, pedagógicos y curriculares. Para fijarnos altas expectativas, para que se nos ocurran ideas de qué hacer y cómo hacerlo. Para poner al estudiante en el centro y que nos importe, como estudiante, no como un diagnóstico.

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